El acto, que ha tenido lugar en el Teatro Concha Segura, ha contado con la asistencia de autoridades regionales y locales, representantes de todas las asociaciones y entidades de Yecla, además de todos los ciudadanos que han decidido asistir.

El discurso ha sido pronunciado por el Presidente de la Audiencia Provincial de Madrid, Eduardo de Porres Ortiz de Urbina.

Nacido en Madrid, Eduardo de Porres se licenció en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid en 1982, universidad donde ha realizado los estudios de tercer ciclo, obteniendo la certificación de “suficiencia investigadora”. Miembro de la Carrera Judicial por oposición desde 1986, ha desempeñado su función judicial en Yecla, Móstoles y Madrid. Desde Mayo de 2014 es Presidente de la Audiencia Provincial de Madrid.

Es profesor de Derecho Penal Económico en la Universidad Carlos III de Madrid y en la escuela de negocios IE Business School de Madrid. Ha asistido a más de 40 cursos de formación especializada y ha organizado e intervenido en más de un centenar de cursos jurídicos, tanto nacionales como internacionales. También ha publicado más de 40 trabajos de investigación y artículos en revistas jurídicas especializadas.

Este acto supone un homenaje a la Carta Magna, organizado por el Ayuntamiento de Yecla, desde hace 26 años.

En el transcurso del acto han sido entregados los premios del XI certamen Literario y del IV Concurso de Dibujo “Nuestra constitución” organizados por la Concejalía de Educación y dirigido a alumnos de los centros docentes de secundaria y primaria de Yecla, respectivamente.

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A continuación recogemos íntegro el discurso de Eduardo de Porres:

DISCURSO PRONUNCIADO EL DÍA 6 DE DICIEMBRE DE 2015 EN YECLA CON MOTIVO DEL DÍA DE LA CONSTITUCIÓN.

Ilmo. Sr. Alcalde de Yecla, distinguidos miembros de la corporación municipal, señoras y señores:
Muchas gracias por estas cálidas palabras de bienvenida.

I Como algunos de ustedes saben, hace años inicié mi carrera profesional en esta maravillosa ciudad. Fueron dos años inolvidables en los que dediqué todo mi entusiasmo a la noble tarea de hacer justicia. Tuve experiencias irrepetibles y la fortuna de compartir los buenos momentos con algunos amigos, que hoy me acompañan, y que han dejado una huella imborrable en mi vida. Me siento orgulloso de haber vivido aquí y por eso comprenderán que hoy sea un día muy especial y que me sienta honrado por dirigirme a Ustedes en el aniversario de nuestra Constitución.

II El novelista americano LOUIS BROMFIELD dijo que “la historia no está hecha de victorias o derrotas, más bien de grandes movimientos que llevan a los pueblos enteros hacia la gloria o la destrucción” y sin lugar a dudas la Constitución de 1978 fue un gran movimiento, un gran hito histórico dirigido a conseguir la paz y el entendimiento entre los españoles. Después de una tremenda guerra civil y de una dictadura siniestra e interminable, una nueva generación de españoles se fijó como objetivo alumbrar una Constitución que pusiera las bases de un Estado moderno y democrático.

La Constitución de 1978 rompió con una larga tradición de constituciones hechas por unos contra otros y buscó el acuerdo de todos. Se pretendió solucionar o poner las bases para la solución de los grandes conflictos que asolaron España durante los siglos XIX y XX y que culminaron con la Guerra Civil: La cuestión religiosa, el problema militar, los nacionalismos, la guerra de clases, la cuestión agraria, la participación política y un largo etcétera. Hubo sacrificios y renuncias por parte de todos, pero el resultado mereció la pena porque en estos 37 años de vigencia de la Constitución España se ha convertido en una de las grandes democracias de Occidente, ha tenido un desarrollo económico y social muy destacado y forma parte de la Unión Europea.

III Las constituciones nacen con vocación de perpetuidad porque son un gran pacto sobre todas las grandes cuestiones políticas de un país. Y nacen con esa vocación porque no siempre se dan las condiciones para alcanzar un pacto de esa naturaleza y porque las sociedades maduras no cambian su estructura política cada pocos años. Las democracias más estables tienen constituciones longevas. La de Estados Unidos tiene doscientos años y las reglas constitucionales inglesas tienen varios siglos. Por lo tanto, la estabilidad constitucional es un valor y nos podemos felicitar que nuestra Constitución cumpla 37 años porque por primera vez en la historia España ha tenido un régimen genuinamente constitucional y democrático, sin sobresaltos y durante varias décadas.

IV La Constitución puede ser analizada desde múltiples puntos de vista. Por razones de tiempo y para no cansar su atención voy a centrar mi intervención en dos cuestiones distintas pero que, a mi juicio, tienen una importancia capital.

La primera de estas cuestiones es el reconocimiento de los derechos fundamentales. La Constitución reconoce tres clases de derechos. La primera clase la forman los derechos políticos, que garantizan la gestión democrática de los asuntos públicos, como el derecho de sufragio, el derecho de acceso a los cargos públicos o el derecho de petición, entre otros.

Los derechos políticos no son suficientes por sí mismos para garantizar la libertad. Desde el primer momento muchos revolucionarios se dieron cuenta que no era suficiente con abolir el Antiguo Régimen y establecer un sistema democrático. Era necesario que incluso los gobiernos elegidos por el pueblo tuvieran que respetar una serie de derechos que corresponden a la persona por el hecho de serlo.

Advirtieron que la tiranía podía proceder del gobierno de la mayoría y establecieron un catálogo de derechos inalienables que todo poder debe respetar.
JOHN STUART MILL, en su magnífico ensayo “Sobre la libertad” decía que “el pueblo puede desear oprimir a una parte de sí mismo, y contra él son tan útiles las precauciones como contra cualquier otro poder”. Por ese motivo se reconocieron una serie de derechos básicos, los derechos civiles. Son la segunda clase de derechos fundamentales y tienen como finalidad garantizar determinados ámbitos de libertad que el Estado y los demás ciudadanos deben respetar, como la libertad de expresión, el derecho a la integridad física o la inviolabilidad del domicilio.

Pero para que la libertad personal sea efectiva se requiere de unas mínimas condiciones sociales y económicas que permitan al ciudadano desarrollarse y vivir con dignidad. Por eso la Constitución incorpora una tercera categoría, los derechos económicos y sociales, como el derecho a la salud, a la vivienda o al medio ambiente, que constituyen el fundamento moral y jurídico del Estado del bienestar y se justifican en el principio de solidaridad.

V Todos los derechos tienen en común que afirman la primacía del individuo frente a cualquier otro valor. Permitimos que un poder democrático gobierne a cambio de que respete nuestra libertad y nuestra dignidad. Ese es uno de los contenidos del pacto constitucional.

No siempre ha sido así. El ser humano ha dado prioridad a otros principios como la nación, la raza, o la idea de Dios, pero la evolución histórica nos enseña que la defensa del valor intrínseco de cada ser humano es el principio sobre el que edificar la convivencia política. Para que una sociedad sea libre, deben ser también libres todos y cada uno de sus ciudadanos.

VI La Constitución Española de 1978 ha asumido esa tradición incorporando un amplio catálogo de derechos fundamentales y durante todos estos años el Tribunal Constitucional, de forma muy destacada, y los jueces y tribunales hemos ido realizando la apasionante tarea de definir y determinar el contenido de cada uno de estos derechos. Por citar un ejemplo, hemos ido precisando en qué casos excepcionales se puede entrar en un domicilio o intervenir un teléfono para garantizar que el domicilio siga siendo un lugar sagrado y privado y que las conversaciones telefónicas permanezcan ajenas a la intervención del Estado.

Pero el dinamismo de la sociedad crea nuevas situaciones que demandan redefinir estos derechos y adaptarlos a las nuevas circunstancias. Ustedes saben, y si no lo saben se lo digo, que en los servidores de Internet y por razones de seguridad pública se guardan durante un año todos los datos, conversaciones, correos e información a la que accedemos o que comunicamos. Ciertamente esa información puede ser necesaria o útil para combatir el terrorismo o descubrir graves delitos pero compromete un derecho declarado fundamental, el derecho a la intimidad. ¿Es razonable que el Estado pueda controlar toda esta información? ¿Qué limites debe tener el acceso a todo ese conjunto de datos?

A buen seguro, en un futuro próximo se discutirá esta cuestión, entre otras muchas, porque el desarrollo tecnológico, cultural y científico tiene consecuencias muy positivas para nuestra vida pero puede reducir nuestro sistema de libertades.

VII No sólo los derechos civiles plantean interrogantes, también los derechos económicos y sociales. Su protección requiere de un esfuerzo económico del Estado cuya extensión es objeto de discusión. La crisis económica, con la consiguiente reducción de algunos servicios públicos, ha puesto de actualidad el debate sobre si estos derechos están o no suficientemente protegidos y no faltan voces que reclaman un mayor reconocimiento. En los próximos años se buscarán nuevos acuerdos para una mejor protección de estos derechos.

VIII He destacado los derechos fundamentales porque han supuesto una auténtica revolución en nuestro sistema legal. Los juristas hemos ido aprendiendo que la interpretación de las normas tiene una significación distinta si se aplican los valores constitucionales. Ha sido una tarea ingente. Miles de sentencias han ido precisando todos y cada uno de los derechos reconocidos en la Constitución con la finalidad última de reconocer con plenitud la libertad y la dignidad de cada persona. Esa es la clave, el fundamento, la esencia de nuestro régimen político.

El sistema de derechos fundamentales es, por tanto, una luz, un logro del que nos podemos sentir muy orgullosos.

IX Pero la Constitución no siempre es la solución a los problemas políticos. No hay que pedir a un texto legal objetivos que no puede cumplir y, si bien toda Constitución nace con la pretensión de resolver los conflictos políticos mediante la razón y el diálogo, los conflictos siguen llamando a la puerta, se hacen presentes y el derecho no siempre es capaz de ponerles fin. Es el caso de la vertebración de España. Ese es el segundo asunto del que quiero hablarles.

El sistema autonómico establecido en la Constitución tiene deficiencias y origina muchos problemas. Al tratarse de una estructura tan compleja es normal que así sea, pero el diálogo y la experiencia irán abriendo cauces de solución. Creo que, en líneas generales, el Estado de las Autonomías ha sido muy positivo para España porque fortalece la participación política, refuerza el principio democrático y acerca la solución de los problemas a los ciudadanos. Ese no es el problema.

Lo que nos angustia es la pretensión de algunas fuerzas políticas catalanas de separarse de España. Las propuestas de solución son variadas pero ninguna convence a los que están empeñados en dejarnos. No sé si el asunto tiene solución, desde luego no la tiene a corto plazo. Es muy probable, como decía ORTEGA Y GASSET, que a lo que podamos aspirar sea a sobrellevar el problema, no a solucionarlo.

En cualquier caso en los próximos meses nos podemos enfrentar a situaciones muy delicadas y por eso la reflexión es hoy más necesaria que nunca. Tenemos que hacer un esfuerzo para entender lo que está pasando.

X ¿Existe el derecho a la secesión de una región o comunidad autónoma?

Desde el punto de vista de la legalidad constitucional la cuestión no es muy compleja. No hay derecho de secesión. No existe el “derecho a decidir” del que tanto se habla.
Lo acaba de proclamar el Tribunal Constitucional esta misma semana, en su reciente sentencia de 2 de Diciembre de 2015. El Alto Tribunal ha dicho por unanimidad y de forma tajante que la declaración del Parlamento de Cataluña, por la que pretende iniciar el camino de la separación, es inconstitucional; que el único poder constituyente es el pueblo español y que uno de los valores de la Constitución es el pluralismo político, pluralismo que se expresa no como cada partido político crea, sino a través de los cauces establecidos en la propia Constitución.

Se afirma también que la aspiración política de separarse de España es legítima y defendible dentro del marco constitucional, por lo que quien quiera llevar a cabo esa pretensión política debe acudir al procedimiento de reforma constitucional, procedimiento que es muy complejo y que culmina con un referéndum nacional.

Por otro lado, el Derecho internacional público reconoce el derecho de “autodeterminación de los pueblos” como un principio general fundamental del orden jurídico. Sin embargo, este derecho se limita a los pueblos coloniales y a los pueblos dominados por una potencia extranjera, que no es el caso de Cataluña.

A los pueblos en sentido étnico o cultural, como el catalán o el vasco, les corresponde otro derecho, que se expresa de la siguiente forma: “En los Estados en que existan minorías étnicas, religiosas o lingüísticas, no se negará a las personas que pertenezcan a dichas minorías el derecho que les corresponde, en común con los demás miembros de su grupo, a tener su propia vida cultural, a profesar y practicar su propia religión y a emplear su propio idioma”.

Todos sabemos que el régimen autonómico actual, más amplio que el de muchos estados federales, reconoce ampliamente estos derechos.

Sin embargo el nacionalismo entiende que existe el derecho a decidir, a crear un Estado propio e incluso se afirma que es antidemocrático oponerse y no escuchar al pueblo que se quiere separar.

Por tanto, la pregunta que antes hacía se puede reformular de la siguiente forma: ¿al margen de lo que diga la Constitución o el Derecho Internacional, los pueblos que tienen cierta identidad cultural, lingüística o histórica tienen derecho a crear un Estado propio? Analicemos esta cuestión.

En la época del Renacimiento surgieron los primeros Estados, España, Francia e Inglaterra, que tuvieron su origen en impulsos movilizadores, como la creación de un imperio o la expansión de la fe religiosa. Tenían vocación integradora y buscaron en el Estado su forma de expresión.

También existían las regiones, unas integradas en estados o imperios, otras con personalidad política propia. Los cambios de pertenencia eran frecuentes porque los distintos territorios estaban sujetos al derecho hereditario de reyes y príncipes.

Pero en el Antiguo Régimen no existía la idea clara de nación en el sentido actual o era un sentimiento débil ya que los habitantes de un territorio eran o se sentían súbditos de un rey más que ciudadanos de una nación.

El nacionalismo, en sentido político, se desarrolló a partir de la Revolución Francesa de 1789. Con la revolución francesa y americana aparece el término nación.

SOSA WAGNER en su interesante libro “El Estado fragmentado”, sintetiza esta evolución con la siguiente frase: “cuando el poder se divorcia definitivamente de la religión, contrae nupcias con la nación”.

Los revolucionarios entendieron que el depositario de la soberanía no era el rey o Dios sino la nación, es decir, el conjunto de los habitantes del país con derecho a voto.
Las guerras con otros países, los ejércitos nacionales, los héroes, las fiestas y todas las manifestaciones culturales fueron afirmando progresivamente la idea de nación, que se nutrió de las aportaciones del romanticismo y del idealismo filosófico.

En ese contexto nacieron Alemania e Italia, dos países con una fuerte cultura común, que sin embargo, carecían de Estado, y surgieron las naciones del continente americano.
También a finales del siglo XIX surgieron los nacionalismos periféricos, como el catalán y el vasco. En estos casos el nacionalismo dejó de ser un factor aglutinante para ser un factor de división entre pueblos que habían coexistido cientos de años pacíficamente.

Se trataba de regiones con una fuerte singularidad cultural e histórica y con lengua propia pero que nunca habían tenido soberanía política.

A principios del siglo XX se crearon los Estados surgidos de la desaparición del imperio austro-húngaro, que era una amalgama de pueblos, religiones, culturas y lenguas. La creación de estos Estados originó o fue el detonante de las dos guerras mundiales y de otros enfrentamientos, el último de las cuales ha sido la reciente guerra en Yugoslavia. Por último, en la segunda maitad del siglo XX se crearon un gran número de Estados a impulso del movimiento de descolonización.

XII La pujanza del nacionalismo en sus distintas formas originó que a partir del siglo XIX la nación se convirtiera en la fuente de legitimación del poder.

La nación es un sentimiento de identidad colectiva, basado en la lengua, la cultura, la religión o la historia comunes.

ERNEST RENAN afirmaba que “una nación es un alma, un principio espiritual, una gran solidaridad”.

La nación tiene un fundamento real pero para comprender la fuerza del sentimiento nacional debemos ser conscientes de que, al igual que la religión, tiene un fuerte componente emocional.

El nacionalismo, por otro lado, es la exacerbación del sentimiento nacional. El filósofo alemán HEGEL, decía que “una nación que no se haya consolidado como estado carece, en rigor, de historia, al igual que las naciones que se desarrollan en la barbarie”.

El nacionalismo exalta la idea de nación y sitúa la creación de un Estado en el centro de su acción política. El nacionalismo se apoya en el sentimiento nacional y en su componente mítico, que entronca con la tradición bíblica. Todos conocemos los avatares del pueblo judío en la búsqueda de la tierra prometida.

Así lo destacó y criticó uno de los pensadores más importantes del siglo XX, KARL POPPER, en su magnífica obra “La sociedad abierta y sus enemigos”.

Para el nacionalista la nación deseada es la tierra prometida que lleva a la felicidad y permite elevarnos por encima de las miserias del presente. El proyecto nacional se convierte en la misión del pueblo elegido, distinto o mejor que los otros pueblos. Todos los males del presente pueden atribuirse al otro, al extranjero, y la relación con él se tiñe de un victimismo que todo lo explica. El destino de la nación se percibe como un derecho natural o histórico y todo acto de oposición se considera hostil y antidemocrática.
En fin, estando presente el nacionalismo, la política se aleja de la gestión ordinaria de los asuntos públicos y se convierte en la búsqueda trágica de un imposible.

XIII Sin embargo, conviene recordar que los criterios decisivos para la formación de un Estado no siempre han sido la lengua, la historia común o la religión.

Ha habido Estados que se han fundado en territorios con varias razas, lenguas, religiones y tradiciones; otros que desde una historia larga y común, con periodos de enfrentamiento y de unión, han construido un Estado para acoger y hacer viable la convivencia de todos y hay Estados que se crearon sobre los principios liberadores de la igualdad, la libertad y la fraternidad de los seres humanos y en donde la idea de raza, lengua o historia están en un plano secundario.

Por otro lado, la separación de un territorio no es el simple ejercicio de la voluntad de sus habitantes. La secesión es un acto político muy problemático y muy doloroso. Divide a los territorios pero también a los ciudadanos. Los enfrenta porque, se quiera o no, como consecuencia de la relación de siglos, hay intereses, derechos y afectos comunes que se rompen. Los perjuicios de la separación y la pérdida de derechos que conlleva no sólo afecta a los que forman parte de ese territorio sino a todos los miembros de la nación.
Por todas esas razones el único poder constituyente es toda la nación y el derecho a la separación sólo puede ejercitarse en el marco de la Constitución.

Decíamos que el nacionalismo es una ideología de éxito pero no es nada más que eso, una ideología, como otras, ni más ni menos. La búsqueda de la independencia no es un derecho, sino un proyecto político. Es un objetivo legítimo y defendible pero que debe someterse al escrutinio de todos los ciudadanos.

XIV Voy terminando. Cataluña no se entiende sin España y España sin Cataluña.

Nuestro país, que tiene viejas raíces de más de dos milenios, es una de las naciones más antiguas y más definidas territorialmente de Europa. A pesar de eso, el español es seguramente el pueblo europeo que más ha debatido su propio ser histórico, casi siempre desde el pesimismo.

España, es verdad, es una nación con muchas diferencias entre sus territorios. Esa es su riqueza, su singularidad pero también la fuente de sus problemas. Sin embargo, las diferencias son infinitamente menores que los elementos de cohesión.

Si en vez de vincular la idea de Estado con un sentimiento de pertenencia a un territorio o con una mirada de rechazo al extraño, hacemos un análisis racional, examinando los factores de cohesión frente a los de diferencia y poniendo en la balanza los costes de la separación frente a los beneficios de la unión, estoy seguro de que se abrirían muchas vías de solución.

Hoy las naciones buscan la integración en estructuras políticas más amplias, la superación de las fronteras y el mestizaje y los grandes retos de las naciones son de dimensión planetaria: el terrorismo internacional, la libertad de comercio, el cambio climático, la explotación infantil, etc. La historia va en otra dirección y no hay razones de peso para entrar en la triste y trágica senda de la separación.

Estoy convencido que estas reflexiones son tan sólidas, o como diría un constituyente americano, son tan evidentes, que se irán abriendo paso por sí mismas. Si actuamos con prudencia, inteligencia y sentido de la proporción habrá luz al final del túnel. No sólo es un deseo. Creo firmemente que la razón acabará triunfando aunque en estos momentos parezca un imposible.

La democracia no es la ausencia de conflicto, sino el marco para la resolución racional y pacífica de los conflictos. Para eso hicimos la Constitución. Es una herramienta útil para afrontar el futuro, porque España, además de un pasado común, es sobre todo un proyecto de futuro.

Hoy es un día de celebración y tenemos que ser optimistas y confiar en nuestras capacidades porque hemos superado situaciones muchos más complicadas.

Por eso, suscribo las palabras de BENIGNO PENDÁS de que “mantener los principios con firmeza y buscar acuerdos con perseverancia”, son las claves para mantener la Constitución del 78 que es, sin duda, la mejor Constitución de la historia de España.

Muchas gracias.